jueves, 29 de enero de 2009

VIAJE HACIA LA NADA

Se despertaba Madrid entre bostezos; el gélido soplo del aire que ascendía de la Sierra me invitó a observarla por última vez antes de mi partida; a mi regreso, supuse, habrá perdido su blanca capa de nieve. Partía en un frío día de invierno hacia un país tropical, las abrigadas vestimentas que me cubrían en este día, allí me resultarían inútiles. Pensé en la importancia que el clima marca en el quehacer diario de las personas, incluso, en sus costumbres y mentalidades. Este pensamiento me llevó a meditar sobre las muchas diferencias que me separan de la mujer que voy a conocer. El alejamiento de nuestros dos países, quizás no sea la mayor de las distancias que padecemos. Hoy con los modernos y rápidos medios de comunicación ningún país queda lo suficientemente lejos, en unas horas, quizás en uno o a lo máximo dos días se puede llegar al lugar más recóndito del mundo. Son otras las distancias insalvables, los lenguajes, las costumbres, los valores morales, el dinero, ese vivir día a día que nos marca de un modo indeleble. Mi marcado carácter escéptico me produce un cierto pesimismo en los fines de este viaje. Mis motivaciones son una mezcla de amor y curiosidad; una necesidad de desvelar el enigma que encierran las relaciones en chat. Descubrir si los sentimientos de afecto, cariño, amistad o amor que nacen en el mundo virtual tienen un desarrollo armónico en el mundo real. Como todos los días, en esas horas tempranas de la mañana, el denso tráfico de la autopista me contagiaba de ansiedades ajenas. Racionalmente era consciente de que iba con tiempo suficiente para no llegar tarde al despegue del vuelo que me conduciría al Caribe, sin embargo, era consciente que conducía mi coche nervioso, compitiendo con el resto de la manada de automovilistas; todos teníamos prisa por llegar los primeros a nuestros respectivos destinos, sin valorar que lo que importa realmente es llegar. Pensé que si nos viera un ser extraterrestre como corremos atropelladamente cada mañana, supondría que vamos en pos de algún tesoro, de alguna bella dama o un gran premio para el primero que llegue e imagino su cara de estupefacción cuando se enterara que corremos alocadamente para ir a la rutina diaria del trabajo. En nuestra cultura católica, al contrario que los calvinistas que lo ven como una virtud, nosotros vivimos el trabajo como una maldición bíblica y al ver como corremos cada mañana para ir a él, parecería que vamos tras el encuentro con el paraíso. Y en esta alocada carrera matutina, desgraciadamente, muchas personas mueren cada año en los accidentes sufridos camino de su empresa, logrando alcanzar el infierno en lugar del ansiado Edén. Nunca he encontrado una explicación satisfactoria para esta contradicción. Con una hora de retraso una voz metálica anunciaba por los altavoces del aeropuerto la orden de embarque. La huelga de celo de los controladores aéreos, impedía el normal desarrollo de las maniobras de aterrizaje y despegue. Tuvimos que esperar la llegada de otros vuelos procedentes de Italia y Alemania para que transbordasen los viajeros con destino a América Central y el Caribe. Pensé que toda mis prisas en la autopista habían sido solamente para estar sentado en una butaca de la sala de espera del aeropuerto consumiéndome de aburrimiento. Mientras esperaba medité en mi locura, me había lanzado a la aventura de ir a conocer a una mujer en el otro extremo del mundo arrastrado por mis sinceros sentimientos, sin valorar mi pánico a volar, ahora el irónico destino parecía reírse de mí, me mantenía a las puertas del avión en una larga agónica espera para que mi mente se mortificara entre pensamientos cargados de malos augurios. Trataba de calmarme racionalizando esas manidas frases que utilizan las compañías aéreas para darnos seguridad, al decirnos que se corren más riesgos en el trayecto de nuestra vivienda al aeropuerto que en un vuelo transoceánico. Durante nueve largas horas más de cuatrocientos viajeros sufriríamos enclaustrados, sin fumar, el aburrido viaje rumbo a Miami. Una vez allí, persistieron castigándonos. Los modernos inquisidores, amparándose en su falsa caridad para con los nuevos herejes, los fumadores, decidían salvaguardar nuestra salud sin darnos el derecho a suicidarnos del modo que más nos place. Al desembarcar en Miami, lo primero que escuchamos a través de los altavoces del aeropuerto, no fue ningún saludo de bienvenida, sino una delicada voz femenina con acento cubano que nos informaba que las leyes de La Florida prohíben, por nuestro bien, fumar en la sala de tránsitos. Cada pocos minutos la aburrida y pertinaz voz nos repetía una y otra vez su consigna. Creerían que estábamos sordos o sospecharían que nuestro síndrome de abstinencia nos obligaría a transgredir la ley. Quizás fue esa machacona voz censora lo que provocó que muchos de nosotros, siguiendo una consigna no pronunciada, nos refugiáramos en el anonimato de los servicios públicos, transmutando inodoros y retretes en un enorme fumadero donde dábamos rienda suelta al goce que nos producía nuestra pequeña dosis del ansiado tabaco. Ignorantes de nuestro desafío a las fascistas leyes de La Florida, las autoridades aeroportuarias seguían enfrascadas en sus labores burocráticas y mientras una y otra vez, cada pocos minutos la voz femenina de acento cubana repetía su aburrida consigna, nos dividieron a los cansados viajeros que acabábamos de arribar a Miami en tres grandes grupos según nuestros respectivos destinos. El generoso azar quiso que los viajeros que teníamos destino a Puerto Rico embarcáramos en primer lugar. Durante todo el tiempo que duró el trayecto hasta Miami traté de alejar de mi cabeza todo pensamiento que hiciera referencia al motivo de mi viaje. Concluida la primera etapa, me enfrentaba ya al último salto, en dos horas aterrizaría en San Juan y tendría que enfrentarme a mi temida cita. A mi lado se sentó un joven compañero de viaje, surgiendo con él mi primer contacto con un boricua. Mi vecino de asiento, un vital joven extrovertido, comenzó a interrogarme con curiosidad sobre los motivos de mi viaje, a la vez que él me iba desvelando retazos de su agitada existencia. Era músico y vivía desde hacia seis años en Alemania, casado con una germana se había convertido en aquella fría tierra extraña al Islam y se esforzaba en transmitirme las grandes virtudes de su recién descubierta religión, hasta que le espeté claramente mi madurada opción de agnóstico. Su cara se transmutó al comprobar que su descubrimiento de la nueva verdad no tenía ningún interés para mí. Contrariamente a lo que yo esperaba, el joven no enmudeció, sólo cambió de tema y se dedicó a darme consejos de cómo debería desenvolverme en su país; su primer consejo me embargo de angustia, me recomendó que no paseará por las calles de San Juan con el reloj de pulsera a la vista de los viandantes o me arriesgaría a ser robado por algún desalmado nica. Si ya tradicionalmente padezco bastante miedo a la delincuencia cuando estoy fuera de mi ciudad, aquellos consejos me alarmaron. Nuevamente pensé en los riesgos de mi loca aventura. Ir a un país lejano a conocer a una mujer, implicaba muchos más riesgos de lo que yo había calculado. Ante tan alarmistas consejos desconecté mi atención y comencé a centrarme en como sería mi encuentro con la desconocida dama que me esperaba en Puerto Rico, aquella mujer que había provocado esta locura que me empujaba a cruzar el océano sólo para verme reflejado en sus ojos. Dos largos años de encuentros virtuales a través de la denostada red de Internet nos había despertado extraños sentimientos de amor, teñidos demasiadas veces de celos, posesiones, desconfianzas y silencios calculados. Llegaba la hora de enfrentarnos a la fase física, a los gestos y miradas, a las palabras pronunciadas, cargadas de enfatizaciones y matices, llegaba el momento de enterrar el lenguaje escrito abriendo de par en par los cinco sentidos para poder percibirnos al desnudo. Ahora podríamos embriagarnos de nuestros aromas personales, saborear la sapidez de nuestras pieles, palpar la textura de nuestras caricias, escuchar los susurros de las palabras cariñosas u observar con mirada perdida las expresiones de nuestros rostros al encontrarnos frente a frente por primera vez. Evocaba nuestros primeros encuentros virtuales, como paulatinamente fuimos conociéndonos, las narraciones de sus múltiples conquistas, sus romances virtuales y reales, sus enamoramientos y huidas, sus conversaciones cargadas de silencios, sus negaciones. Mientras las turbinas del avión me ensordecían evoqué aquel primer día en que en el chat yo charlaba con una amiga. Aquella amiga me confió que chateaba desde su trabajo y yo, inocente, me escandalicé; en mi estupefacción le interrogué qué le ocurriría si su jefe la descubriera; ella entre carcajadas me esperó: mi jefe está aquí también chateando, es el que utiliza el apodo de Dodi. Lo confundí por su apelativo con un hombre y ella me aclaró que se trataba de una mujer. Desde aquel día observaba con curiosidad a aquella señora que, siendo la responsable del trabajo de decenas de personas, consentía que algunas chateasen y lo que era aun más escandaloso, que ella también chateara en horas de trabajo. No recuerdo cuantos días transcurrieron entre aquel descubrimiento y mi primer dialogo con ella. Vagamente recuerdo que nos intercambiábamos saludos y alguna pequeña frase, pero poco a poco iba creciendo mi interés por aquella enigmática mujer que teniendo un puesto de responsabilidad, cometiera la frivolidad de conectarse a Internet para chatear. En aquel tiempo yo repartía mis conversaciones en el chat con dos damas, una joven peruana que me manifestaba un inmaduro amor por mí y una muy buena amiga residente en Miami que me confiaba sus problemas, sus amores y vivencias e hizo de mí su mejor amigo y más leal confidente. Una anochecer invité a Dodi a que dialogáramos relajadamente la tarde de un domingo, ella aceptó y nos citamos. Fue aquella tarde dominical el descubrimiento de un ser delicado, frágil y a mis ojos, muy sensible, muy diferente al ser que había prejuzgado por su irresponsabilidad laboral al conectarse desde el trabajo al chat, teniendo un cargo importante es su empresa. Poco me duró aquella imagen. Ella se encargó de destruirla en un escrito frío, donde sin sentimiento alguno me comentó con excesiva indiferencia su promiscua vida sexual y sus múltiples amoríos virtuales. Tardé meses en asimilar la nueva imagen de mujer fría y calculadora que me mostró. Su imagen era contradictoria, unas veces se mostraba enternecedora y otras gélida como el hielo. Allí, en aquel escrito sembró de dudas nuestra relación, dudas que fueron germinando a lo largo de estos dos años y que aún hoy que vuelo hacia ella, siguen siendo los grandes escollos para poder alcanzar una buena y sincera relación. Durante dos años nos seguimos viendo casi a diario, desbrozando retazos de nuestro sentir, de nuestro vivir, de esperanzas y proyectos, salpicados de agitados desencuentros, discusiones, enfados y silencios calculados. Idas y venidas que ambos utilizamos para herirnos gratuitamente y cavar un profundo abismo entre nosotros. En el camino ambos perdimos a otros amigos, nos buscábamos para aislarnos del mundo cuando nos encontrábamos unidos, a la vez que cuando nos enojábamos utilizábamos a esos mismos amigos para celarnos y mortificarnos. Fue un romance de ida y vuelta, de amor loco y locos enfados. Hubo momentos en que todo el edificio construido se derrumbaba en una tormenta de reproches y momentos en que alzábamos hasta los mismos limites del firmamento los sentimientos de amor que nos manifestábamos. Fue nuestra relación un flujo de mareas que bajaban y subían al compás de nuestros personales e inmaduros caprichos. En un canto a la confianza nos ofrecimos compartir los más íntimos secretos virtuales, intercambiándonos las claves de nuestros buzones electrónicos y aceptando que el uno pudiera leer los escritos del otro sin censura alguna. Craso error el que cometimos, no era confianza lo que nos ofrecíamos, sino lo contrario, una más de nuestras manifestaciones de desconfianza. Nuestras dudas aumentaron a la par que íbamos leyendo las intimidades del otro, alimentadas una y otra vez por las manifestaciones que otras personas que conscientes de nuestra relación, trataban de abrirnos los ojos de las relaciones que ambos manteníamos con otras personas, pero pese al caos producido por la lucha que se desataba entre el sentimiento y la razón, siempre volvíamos a encontrarnos, a seguir soñando. Navegando en un océano de dudas nos perdíamos caminando entre los senderos de un laberinto sin salida, inconscientemente buscamos razones para poner fin a tanta locura sin lograrlo jamás; inventamos personajes virtuales que disimuladamente llegaran a poner a prueba al otro y compitieran con nosotros mismos. En medio de esta sorda lucha, un desgraciado día logré infiltrarme violentando la intimidad del buzón electrónico de un señor que, antes que yo, había mantenido relaciones virtuales con ella. Lo que descubrí fue mucho más que unas simples relaciones virtuales, descubrí relaciones reales ocultas bajo una capa de un largo silencio de dos años, un hecho oculto no confiado, una mentira y, como el sepulturero que cava la tumba para inhumar el cadáver de nuestro amor, ella cuando le pregunte por esos encuentros, me respondió con otra mentira y una justificación en la que comparaba la confianza lograda con él y la desconfianza que mantenía conmigo, este hecho nunca superado, intuyo que será la causa del final de nuestra relación e inconscientemente, el motivo que me empuja a encontrarme con ella, la necesidad de saber el porqué de su engaño. Ya se ven a lo lejos las luces de San Juan en la negra noche, desde la cabina de abordo nos ordenan colocarnos los cinturones de seguridad, en unos minutos el avión tomará tierra. Por primera vez nuestras miradas se reflejaran en nuestros ojos, pudiendo, quizás, descubrir las razones del engaño. Los nervios por el miedo que me mortifica al volar, me distraen de mis pensamientos y a pesar de mi agnosticismo, debido a mis reminiscencias católicas me santiguo antes de tomar tierra, alzando mis preces al Sumo Hacedor, rogándole que arribe sano a mi destino.
En medio de mi borrachera de amor no soy consciente de mi locura, estoy atravesando medio mundo en busca de respuestas, necesito ver su mirada para descubrir en ella el porqué de su mentira, escuchar sus palabras de viva voz para arañar en sus entrañas y descubrir que oculta en su interior, abrir de par en par las puertas del desván de sus recuerdos e intentar compartirlos, destapar el cofre de sus silencios y que la voz sincera me inunde de sus razones para poder juzgar, necesito ante todo saber si me ama como confiesa y si yo la amo a ella como creo que lo hago. Antes de nuestro encuentro sufro los estúpidos trámites aduaneros que nacen de la idiotez humana, de ese necio sentimiento de sentirnos diferentes, de pertenencias a rebaños distintos que niegan nuestra realidad de personas iguales y libres para decidir donde queremos viajar o vivir, al margen de nuestro accidental nacimiento en un lugar determinado. ¿Cómo será ella? ¿Nos reconoceremos al vernos o nos estaremos buscando con la mirada sin encontrarnos? Un universo de vacilaciones me asaltan en estos últimos segundos previos a nuestro encuentro. Tanto como creemos conocernos, tanto como creernos amarnos y un simple detalle físico puede conducirnos al desastre. Mi rostro dibuja una disimulada sonrisa mientras pienso lo irónico que resultaría que al vernos no nos reconociéramos o lo que resultaría aún más frustrante, que un simple atasco de tráfico o la debilidad de una duda en un momento pasajero, que tras dos años esperando a este momento, se frustrara por un simple retraso o un pequeño detalle que hayamos omitido. Arrastrando mi maleta me encamino hacia la salida del aeropuerto, mi mirada escruta entre la muchedumbre que presiento tras los cristales de la puerta, el vocerío de taxistas y oferentes de hospedaje me impide oír con nitidez palabra alguna. Se abren las puertas automáticamente y armado de un valor que nunca he poseído me lanzo como un kamikace al un mundo ajeno y extraño. Mi mirada queda petrificada en el rostro de una mujer alta, de cabello corto rubio que sobresale entre el gentío, la mirada que emana de sus ojos claros me mira con dulzura a la vez que sus manos se agitan alegres saludándome e indicándome que me dirija a su encuentro. Me abraza. Yo me siento confuso, en medio de la vorágine que se desarrolla alrededor no acierto a soltar mi maleta, ella mientras me abraza con más fuerza se sonríe al ver mi actitud indecisa, me ruega que suelte la maleta y sólo en ese momento soy consciente de que estoy con ella, que son sus brazos los que me aprisionan, que son las yemas de sus dedos las que resbalan por mi espalda y que es su sonrisa la que yo buscaba. Por un instante se diluye el temor que presentía, siento su abrazo como un saludo sincero de bienvenida, percibo francos sus gestos, cariñosos sus besos, apasionados sus apretones de manos. Nos fundimos en un largo abrazo mientras el taxi nos conduce hacia el hotel donde viviremos nuestra luna de miel. Mi cuerpo agotado tras catorce horas de viaje, reclama una ducha de agua tibia. Ella me acompaña al baño y me ayuda entre besos y caricias a desnudarme, siento sus dedos acariciar mi pecho mientras desabotona mi camisa, la piel se me eriza al contacto de sus manos. Suelta el cinto que sujeta mi pantalón y me ayuda a desprenderme de él, introduce su mano entre mi slip y mi piel, el roce me produce una gran excitación y por toda respuesta, me regala una sonrisa. Con un gesto leve de su cabeza me indica que me introduzca en la ducha, ella enjabona mi cuerpo acariciándolo con ternura con una esponja; mientras me mantengo con los ojos velados disfrutando al sentir el agua refrescar mi piel, ella se desnuda y entra en la bañera, apoya sus senos contra mi espalda y siento como sus manos acarician mi cuerpo, sueño despierto, embriagado de dicha, mi cuerpo tiembla y de mis entrañas surgen las humedades del placer. Nos fundimos en un largo abrazo donde acunamos rítmicamente nuestra pasión alcanzando al unísono el éxtasis que nos inunda de júbilo. Durante dos días con sus respectivas noches, gozamos de nuestra estrecha compañía, paseos por el campo con nuestras manos aferradas, noches de alargados y profundos abrazos, comidas en silencio comunicándonos entre miradas y susurros. Dos días sin casi palabras y, sin embargo, muy expresivos. Me cuesta estos dos días para lograr ponerle su verdadero rostro a la mujer de la que estoy enamorado, pues a pesar de las fotos que nos hemos intercambiado, no termino de recomponer como un todo, rostro y palabras escritas, aunque sí el sentimiento es el mismo. Cuando comento con ella esta situación, ambos nos sonreímos pensando en lo curioso del medio virtual, cómo dos personas pueden enamorarse sin ni tan siquiera conocer en verdadero rostro de la persona amada. Dos días después decidimos trasladarnos a su casa, desea presentarme a su familia. Nuestra intención es que yo me aloje allí mientras dure mi estancia en Puerto Rico y pueda conocerla en su verdadero ambiente cotidiano. Pienso que es una experiencia interesante el poder convivir de un modo tan real y natural, en la segunda fase de nuestro romance. Qué diferentes son las situaciones cuando uno se las imagina a través de palabras escritas en una pantalla a cuando las vive en la realidad. De repente aterrizo en el seno de una familia extraña y me siento un extraño. Al rato de estar en su casa recuerdo una de nuestras primeras conversaciones en el chat. Fue un día cualquiera y surgió de un modo que ya no recuerdo. Ella me dijo que existía una gran pega para llevar a buen término nuestra relación. Yo por mi carácter impulsivo no le permití terminar la frase y le respondí que efectivamente el hecho de tener varios hijos sería una enorme pega. Ella, algo enfurecida, me contesto que, qué tenían que ver sus hijos en nuestra relación. Intuí que ella valoraba de un modo diferente al mío la finalidad de la relación que en aquellos momentos comenzábamos a construir. Ahora que yo me encuentro instalado provisionalmente en su domicilio, compruebo con tristeza que mi percepción de aquel día no era errada, lo percibo desde el mismo momento que estoy en su casa. El hecho de tener una familia es un gran obstáculo para llevar a buen puerto nuestra relación. Ella, además de que tiene una familia, tiene una realidad y un concepto familiar muy distante del mío. Y una nueva muralla se levanta entre nosotros. Un castillo fortificado con un foso cavado con una dolorosa mentira y una muralla construida durante años con grandes sillares de tres hijos y de una abuela que impiden que logre alcanzar sus almenas y conquistar el ansiado castillo de mis sueños. Me siento extraño en un país extraño, en una casa extraña, en el seno de una familia extraña, con un amor que ha nacido en un medio extraño, que se ha desarrollado de un modo extraño. Percibo que mi cuerpo se quiebra, una parte de él me atrapa a ella y otra parte me incita a huir lejos. Voy a convivir durante un mes en el seno de una familia desvertebrada, compuesta por una abuela casi anciana, que pasa las horas muertas sin hacer trabajo alguno, tendida en la cama viendo la televisión sin interesarse en absoluto del mundo que circula en torno a ella, Una hija joven que vive a al ritmo de la televisión y los amigos, dos hijos adolescentes que necesitan todo el amor de su madre y por último, mi ser amado, una mujer que sufre en silencio la responsabilidad de sacar adelante una familia, madrugando para preparar a sus hijos antes de partir hacia la escuela, trabajando fuera de casa y retornando al finalizar su horario para proseguir con la atención de la familia. Una mujer buena que vive atrapada en un mundo fruto de los errores de su pasado. Tres hijos nacidos de varias relaciones afectivas que, si bien la primera, funcionó en un primer momento, se fue deteriorando paulatinamente y en lugar de poner fin a esas relaciones efímeras cuando sólo tenía un hijo, vivió el espejismo de creer que nuevos hijos podrían salvarla, sin darse cuenta que cada nuevo hijo era una nueva rémora en su vida. Me escandaliza verla llegar a casa después de su dura jornada laboral, agachar la cabeza en silencio con expresión de impotencia, aceptando sufridamente una situación que realmente es inaguantable. Pienso cómo podría yo encajar en el seno de esa familia y en el mismo instante en que comienzo a meditarlo, llegó a la conclusión de que sería imposible mi convivencia en esa situación. Opto por callar mis observaciones, por ayudar en la media que pueda mientras dure mi estancia en este lugar, paliando en lo posible la desatención de los niños, llevándoles por las tardes de paseo para alejarlos, en lo posible, de la puta televisión que marca el ritmo de la vida en este hogar. Me dedico cada día a hacer la compra y cocinar la cena tratando de que al menos la madre y los dos hijos menores, cenen en torno a una mesa para que puedan conversar durante los minutos que compartimos el alimento, evitando que se mal alimenten de comida preparada o golosinas y las consuma sobre la cama embruteciéndose frente al televisor. Desconozco si esta situación es producto de una cultura diferente, una constante en las familias portorriqueñas o es sólo una nefasta costumbre adquirida en el seno de esta particular familia. Tres dormitorios, tres televisores. Ni tan siquiera el acto pasivo de ver la televisión lo hacen en convivencia, teniendo una excusa para dialogar, compartiendo algunos comentarios; cada cual se aísla en su dormitorio y mata su tiempo y sus ilusiones, viendo un programa diferente al resto de la familia. Me maldigo, me siento culpable en parte de esta triste realidad, me mortifica pensar que yo durante años he robado a estos niños a su madre, teniéndola atrapada frente a la pantalla de la computadora, dialogando durante horas y distrayéndola de sus responsabilidades. Quizás no sea yo el culpable y sea solamente su excusa para huir de su triste realidad, quizá sea yo un ser que la ha alimentado de esperanzas utópicas o sea yo su última coartada para tener una razón para seguir luchando por un mañana mejor. Me pregunto quién o qué soy yo para ella, qué es lo que significo en su vida. Quisiera poder significar algo más que una esperanza, pero la obstinada realidad, esa realidad suya que me desorienta, me desanima y me hunde, me demuestra que quizás no sea más que lo que fueron los que a mí me precedieron en la vida real y virtual, una huida más hacia ninguna parte, un ser más en una larga e interminable lista de nombres o apodos masculinos. Durante estos dos años de encuentros y desencuentros la he criticado duramente por algunas de sus actitudes frívolas, de sus huidas e irresponsabilidades. Actos que nunca comprendí y que hoy, aunque sigo sin aprobarlos, creo comprenderlos. Y me pregunto, si ahora que los comprendo, llegaré algún día a aceptarlos, si llegará ella con el tiempo a ser como yo la intuyo o seguirá siendo como la he llegado a ver en demasiadas ocasiones, un ser que se deja arrastrar por esta inhumana realidad, denigrándose por un pedazo de afecto, por una dosis de comprensión o unos minutos de sexo. Ella entró en Internet y se prendó obsesivamente de ese mundo engañoso y despiadado; conoció a un hombre que entre mentiras le hizo creer que la amaba, bastaron dos meses de falsas conversaciones para que ella, en una alocada carrera por ganar el tiempo perdido, volara esperanzada hacia él, encontrándose con un engaño que podría haber intuido mucho antes de partir, y aún así, tras descubrir palpablemente la falsedad, prefirió entregarse a él denigrándose, a enfrentarse a la cruda verdad. Y ahora llego yo, tras dos años de relación plagada de dudas, de silencios y ocultaciones, con la intención de brindarle algo más que palabras enternecedoras y me acobardo. Yo que he tratado de ser sincero no he sabido ganarme su confianza y otros, que falsamente, le han dicho que la comprendían, que siguieron el juego de aparentar que la escuchaban fueron los que cosecharon la gratitud de su intimidad y de su apertura sincera. Me paralizo al ver de cerca toda la verdad con su crudeza y su obstinación. Retumban en mi cabeza sus ocultaciones, sus mentiras, sus comparaciones y deseo huir. Huir sin mirar atrás, internarme en el mar océano y fondear en algún lugar sereno todos los sentimientos francos que por ella siento, dejando que se ahoguen, acunándose entre algas y corales al ritmo de las mareas y que allí duerman hasta la eternidad, pero otra fuerza tira de mí aferrándome a ella, son los gritos mudos que emanan de su melancólica mirada, son los susurros que nacen en su tímida voz, las argollas que me atrapan en sus sinceras caricias. Estoy en una encrucijada, en un sendero que se bifurca en una doble dirección y me siento incapaz de tomar la decisión de por cuál de los dos caminos debo encaminarme para seguir el rumbo de mi vida, mi propia y personal historia. Estoy con ella, acariciándola, besándola, amándola, viendo mi mirada reflejada en sus ojos y de repente mi mente se escapa rebelde a revivir situaciones que hemos sufrido juntos y mis entrañas se retuercen de dolor, se me quiebran los sueños y se diluyen las esperanzas. Me juzgo con severidad, me interrogo, me torturo buscando respuestas que nazcan desnudas desde lo más profundo de mi ser y solo oigo el eco de los reproches, la pesadez de mis angustias, mi dolor. Cuando me aíslo con ella me siento en la puerta de los cielos, pero esos ratos efímeros se tiñen de tristeza al tenerla que compartir con su familia o con las evocaciones de vivencias pasadas juntos en el mundo virtual; esos momentos en que afloraba a la superficie el rosario de contradicciones en que nos hemos desarrollado, exabruptos manifestados con rabia e impotencia, que han ido minando la confianza, la admiración y la comprensión. Evoco narraciones de retazos de su vida, expresados con crudeza, exentos de sentimiento y de la más mínima dignidad. Entonces me siento morir. Quiero gritar, blasfemar, llorar. Necesito razones que no encuentro para poder armonizar mi lógica con mi sentimiento. Hoy que retornamos de pasar dos días dichosos, aislados, amándonos cada segundo de convivencia, percibo como me derrumbo al traspasar el umbral de su casa, al darme de bruces con la terca realidad y tengo tentaciones de poner punto final a esta aventura para la que no encuentro un final feliz. Me siento un ser inmaduro, un soñador que se ha dejado conducir por su locura, esa locura que nace del amor ciego hacia un ser que casi no se conoce y que tan bien se percibe. Yo la amo y tengo la absoluta seguridad que ella también me ama a mí, pero igual que ocurrió entre los Capuleto y los Montesco, temo que sólo la muerte nos permitirá unirnos, solo el sacrificio total de nuestro amor puede darle sentido a una pasión que ha germinado en el vacío que da la distancia, fertilizado con silencios calculados, traiciones y engaños, ahora que deseamos recoger los frutos, sólo encontramos oquedades no colmadas con la necesaria sinceridad y se pudren antes de madurar en el árbol de la desesperanza. Quizás esa sea la única salida, suicidar el amor, matarlo, negárnoslo con valentía para que ambos en nuestra soledad lo sigamos viviendo eternamente, evocando lo bello e idílico que tuvo, los momentos de absoluta identificación, de amor total y sincero, soñando con lo que pudo ser y no fue, olvidando para siempre todo lo que frustro, los errores mutuos e individuales, el pasado. Lloro en mi intimidad, evitando que mis lágrimas empañen estos momentos de convivencia, lloro en silencio encarcelándome en la soledad absoluta que me brindan las noches de insomnio, maldigo mis errores y trato de perdonar los suyos. Quiero que cuando zarpe rumbo a mi incierto futuro lo haga en paz conmigo mismo y con ella, que la serenidad que fluye de la aceptación de la certidumbre, nos del valor suficiente para atesorar en la hornacina de los recuerdos, todo lo bello e ilusionante que hemos compartido y que no dejemos que se apague el cirio donde llamea tímido nuestro amor. Sí, tengo la certeza que ambos nos amamos, la certeza de que jamás nos olvidaremos el uno del otro, la certeza de que seguiremos llorando ambos al evocarnos, abominando los innumerables errores que ambos cometimos en el pasado, errores que hoy nos impiden caminar asidos de la mano al mismo ritmo, desafiando al mundo, apoyándonos sin desfallecer. No encuentro palabras para continuar mi confesión, sigo vagando errante en un mundo de dudas, sigo perdido en el laberinto de mis vivencias, enfrascado en la lucha homicida entre el corazón y la cabeza. Ella me reprocha que yo vine a Puerto Rica con la intención de abrirnos y darnos a conocer tal como somos en la vida real y sin embargo, percibe que yo me estoy encerrando en un mutismo sepulcral. Me manifiesta que ella no puede juzgarme, saber si soy como me mostraba en el chat, porque yo, con mi mutismo, no le muestro mi yo más íntimo... y tiene razón, yo me estoy hundiendo en mis meditaciones, enmudeciendo, tratando de ocultar el desafío que presiento. Temo que todo ha acabado, que nuestra actitud actual de atrincherarnos en el silencio y no dialogar sobre aquellos puntos que nos han herido, es una premonición de que ambos estamos dando por terminado el sueño de nuestra vida, somos conscientes de que los impedimentos han aumentado al vivir nuestras realidades con autenticidad no virtual, ambos intuimos que ya nada es posible pero nos resistimos a aceptarlo, carecemos del valor suficiente para hablar claramente por temor a volver a hacernos daño y yo temo por ella, si ahora dejamos morir nuestra relación, este será un nuevo fracaso para ella y descenderá un peldaño más en su desdichada existencia, temo por sus consecuencias, que nuestro desengaño la empuje hacia el abismo, quiero seguir ofreciéndole mi mano para que se pueda asir a ella y logre vencer el hastío que la esclaviza. Desearía hacerle comprender sin reproches, con toda mi ternura, que nunca debió mentirme, que nunca debió compararme, que la amo, que juntos podríamos haber construido un mañana feliz, que pude haber sido un buen padre para sus hijos, pero que todo se ha frustrado porque nos faltó la imprescindible confianza y la necesaria comprensión, que no falló ella, sino que fallamos los dos. Ayer hablamos y fue peor. Tratamos de llegar a algo claro y fue imposible, hablamos de la confianza o mejor dicho de la falta de confianza, que según su opinión yo no he sabido ganármela por ser volátil y por juzgar, está visto que cada cual tenemos una interpretación de nuestra relación que es la opuesta del otro. Al final una frase lapidaría puso fin a todo intento de llegar a algo claro. Hoy parto de nuevo hacia España, dejando atrás un sueño, un espejismo y el mayor error de vida.

2 comentarios:

  1. mi msn es

    chika_ecuanime@hotmail.com

    besos!!

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  2. Eu! pendejo! ahora abandonaste el blog! Dale vida, comenta, segui,
    fotos, videos, musica, publica, renova.
    cuidate TKM

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